Los brotes del trastorno esquizoafectivo bipolar

Lo que vais a leer a continuación son tres Ingresos involuntarios, para mí desagradables, pero que me han pedido escribir porque están recogiendo testimonios de los pacientes:

Un despido por un ere y perder el piso. Vivir en un local de mala muerte donde mi novio me robó hasta las bragas. Mi vida ya había sido muy compleja pero verme en la calle acabó conmigo. Sin dudarlo acepté ir a cuidar a mi abuela al pueblo, y después pasé unos días en Gijón. Un día salí a pasear al perro de mi amigo cuando empecé a pensar que todos me querían por mis cosas materiales, y que si tanto las querían se las quedaran todas. No recuerdo mucho más. Aparecí semidesnuda, unos gitanos llamaron a la ambulancia y me vistieron. Me ataron en la ambulancia mientras estaba en estado de shock, no recordaba mi nombre ni podía decirles dónde vivía, porque no tenía donde vivir, sólo quería morirme.

La noche anterior había estado con mi amigo y sus amigos y fumé marihuana, y di positivo.

Lo primero que recuerdo después de la ambulancia es palpar, con miedo, las correas de la cama. ¿Me atarían? ¿Dónde estaba? Por fin recordé lo anterior a duras penas y miré la habitación, con una gran ventana que daba a los auxiliares o enfermeros, no sé muy bien.

El pasillo era minúsculo y nadie hablaba con nadie. No se podía entrar en otras habitaciones, salvo en la común, en la que fumábamos el rato de visitas.

Cuando traían la medicación se reían y decían: ahí tienes tus porros. Y esperaban a que te las tomaras.

Nunca sentí respeto ahí, los recuerdos se agolpaban en mi mente desordenados, y no me creían. Así fue como me diagnosticaron psicosis. Ni siquiera recuerdo cómo se llamaba el hospital, pero lo peor fue tener que elegir a un responsable que cuidara de mi: mis padres o mi amigo. Me fui con mis padres, de quienes llevaba tiempo huyendo atormentada por los recuerdos. En total estuve dos días en este primer ingreso.

Ahora no vivía, pero si veía, malos tratos, y salir de esa casa me llevó a otra donde la nevera estaba vacía. Otra vez entré en shock. “Otra vez no, otra vez no”. Repetía una y otra vez. Esto, sumado a que todos los días había problemas entre los que vivíamos en la casa, y finalmente con mi pareja, me llevó a un intento de suicidio. Acabé con un lavado de estómago pero continuaba con estrés postraumático. Poco a poco mi mente voló. De pronto el mundo estaba en guerra, todos querían atacarme y yo era otra Gandhi más o una Teresa de Calcuta. Todos querían hacerme daño, todos hablaban de mi. Tenía que protegerme y no dejaba que nadie se acercase. Daba portazos o gritaba sin aparente sentido para el resto. Hasta que mi compañera de piso, llamó para que me ingresaran.

Llamaron a la puerta y vi a un policía y a un médico que querían que les acompañara. Les dije que era una superhéroe y que su problema era que no veían realmente quiénes eran los verdaderos malvados pero que les iba a regalar unas gafas y les toqué la cara. Cuando vi que me intentaban llevar fuera de la casa, fui hacia el baño, pero me redujeron. Me hicieron daño en el hombro, con lo que empecé a gritar pidiendo ayuda. Ellos quitaron hierro al asunto, pero dolía de verdad. Me ataron a la silla de la ambulancia y me solté, aún alterada. No sé qué me pusieron porque no recuerdo mucho más. Sé que me hicieron preguntas y las contrastaron con mi pareja sobre mi pasado.

Ya en el hospital, una manada de personas intentaron desnudarme, y con lo pudorosa que soy me puse nerviosa. La camiseta quedó hecha jirones, y me volvieron a sobremedicar. No recuerdo el juicio posterior. Estuve tres días atada sin recibir visitas pero tampoco lo recuerdo. No recuerdo las primeras visitas de mi familia. Sólo los largos paseos por un pequeño pasillo. Los gritos de los que estaban atados día sí día también durante un mes, y mi inclinación por pintar mandalas y el yoga matutino para hacer tiempo a que me dejaran salir a fumar con mis padres. Pude hablar con el psiquiatra, que empatizaba mucho conmigo, aunque me quería ingresar en un centro por mi situación económica, a lo que se buscó alternativas para poder tener el alta médica. Mi diagnóstico seguía siendo psicosis porque ante tanto estrés, había vuelto a fumar marihuana. Un mes en La Paz.

De nuevo sin dinero, sin trabajo, ahogada en deudas, sin un piso fijo y sin estabilidad, vuelvo a entrar en shock y estrés postraumático. Esta vez no fumo marihuana, pero vi cosas y pensé cosas raras espirituales (conocido como la quinta dimensión). Esta vez solo quiero ver algo nuevo, convencida de que todos los barrios son iguales y sus gentes igual, clones. Me recorrí Madrid de norte a sur por la noche, destrocé los pies. Mi pareja me había dicho que tenía algunos tics que solía tener cuando me daban los brotes y eso y la desaparición hicieron que por la mañana llamara a mis padres, y mi madre y mi pareja llamaran a emergencias. Esta vez vino la ambulancia, miró todo con detenimiento, me vieron tranquila, hablaron conmigo, me llevaron en la ambulancia sin atar. Me sorprendió que la chica de la ambulancia me dijera: ¿ya habrás visto casi de todo no?

Contesté un breve si, sin muchas ganas de hablar para no empeorar las cosas.

Llegué al hospital y tantas horas allí pues acabas hablando con unos u otros.

Vinieron a por mi, esta vez con una silla con las correas dispuestas a atarme, mientras la anciana de la cama de al lado corría para abrazarme y bendecirme, lo que aumentó mi psicosis.

En el Lafora, en cambio, me trataron con mucho respeto. Tuve que firmar quiénes quería que me vinieran a visitar a la entrada, me dieron una bolsa de aseo como si fuera un hotel.

Estuve unos días en la habitación de observación. Sin correas.

Sólo quería pasear pero el rectángulo del pasillo se me hacía pequeño. Las enfermeras se preocupaban por mis pies y todas las noches me curaban atentamente.

Podíamos poner reclamaciones (puse una porque no había pijamas grandes y otra porque había pacientes que se masturbaban en los baños de las chicas, que a diferencia de los anteriores este era público).

Podíamos hacer sugerencias y yo hice la de poner musicoterapia (lo están haciendo) y un menú más variado.

Salíamos varias veces al día al patio que tenían, algunos iban a misa, otros a la cafetería. Hablaba con los que llevaban 30 años y con los recién llegados, de nuestras psicosis, tan similares…

No vi a nadie atado allí. Tampoco tenía a la psiquiatra todos los días. Pero la estoy agradecida porque nos hizo una terapia familiar con mis padres que nos ayudaría a estar entre nosotros menos tensos, antes de darme el alta. Sintomatología: trastorno esquizoafectivo bipolar.

Evitando el ingreso

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8 comentarios en “Los brotes del trastorno esquizoafectivo bipolar

  1. Cariño ya hemos hablsdo de esto ,pero leerlo me da mucha impotencia porque se que lo pasas muy mal .
    Ahora se q estas mejor y entiendes tu enfermedad y eres muy valiente contandolo porque por desgracia la gente nos huye .
    Algun dia las patologias mentales dejaran de ser un tabu ,ya es hora de que nos respeten .Te quiere tu amiga Marilo

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    1. Lo siento Susana, no sé porqué motivo ha habido una reclamación de los derechos sobre ese vídeo y el otro, en el que damos visibilidad a tu caso, y he tenido que borrarlos. Además me parece que me han penalizado en youtube, porque no me dejan colgar nada nuevo.

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  2. Lo he vuelto a intentar, Susana. La música en esta ocasión no infringe los derechos de autor pero me ha quedado demasiado alto, lo que es bueno porque no deja que se escuche el ruido que hacen los coches al pasar sobre la carretera mojada…

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