Querido “yo” pasado: el bulling


Aún sigo rascándome la cara de nervios, y la gente no se quiere sentar a mi lado por las heridas. Se metían tanto con el acné que hasta hicieron cómics. 

Bajó tanto la autoestima que aceptábamos en la vida a cualquiera, y por esto hemos pasado por más de un infierno, que ya te contaré más adelante… 

¿Sabes? Hablé con uno de ellos hace unos años, me dijo que para él era sólo un juego de niños. Un juego. Te escupen, te insultan, te pegan y hacen cómics sobre ello, y es un juego… 

También te cuento que, ese miedo, me ha impedido varías veces volver a estudiar. ¿Pero sabes qué? Hoy estoy estudiando de nuevo. Si, han cambiado muchas cosas… 

Al chico que le parecía “solo un juego”, ese que tanto te gustaba y te dolía, le perdoné. No porque se lo merecieran, sino porque necesitaba tener paz interior de nuevo. Y funciona. 

Viví una gran lección: no todos son buenos en esta vida. Antes confiábamos en todo el mundo. 

También aprendí que soy fuerte, porque volvería a hacer aquello por lo que empezaron las burlas: defender a una chica a la que insultaban por ser “gorda”. 

Estar tanto tiempo a solas me ayudó a conocerme a mí misma en profundidad, y a disfrutar con las pequeñas cosas del día a día. Aprendí a meditar y a navegar en las redes y hoy muchos me consideran hacker de la información, aunque últimamente me aburre un poco y tengo más dificultades para tener una línea en condiciones que me permita investigar más y más. Si, no he perdido la pasión que tenía por aprender cosas nuevas, ni de cuestionarlo todo. Y cada día aprendo algo nuevo. Ya no me agobia la soledad, sino que disfruto de cada momento. 

Ayudo de vez en cuando a alguien que ha pasado por cosas similares y están atascados, porque aún recuerdo ese dolor intenso y el dolor del pecho, y las tremendas ganas de suicidarme que tenía y que intenté, sin que nadie se enterara, varias veces, sin éxito. 

También aprendí que podía haber defendido a aquella chica siendo más asertiva, en vez de dándole un bofetón a aquel chico, tres cursos mayor que yo. 

Gracias a esa experiencia quise aprender artes marciales, para que nunca más me volviese a pasar, apuntándome a kárate. 

Quisiera poder decirte que lo solucioné sin violencia, hubiera sido lo que más me hubiera gustado. Primero les ignoré, pero fue a peor. Después me encerraba en los baños a llorar, y al verme con los ojos rojos iba a más. Pedí ayuda a mí tutora, pero empeoró. Tampoco me entendieron mis padres, que me dijeron que: si eran todos contra uno, la culpa era del uno. 

Hasta que, un día, no pude más, y pegué a la más mayor de todas. Lloraba ese día de toda la rabia acumulada, y quería seguir cuando nos separaron. Eso sí fue efectivo. Rara vez he necesitado ser así de nuevo. Desde aquí aprendí a no depender de nadie, o por lo menos, sólo en situaciones extremas. 

Pero, sobre todo, aprendí que esto era pasajero, y me lo he tenido que repetir varias veces a lo largo de mi vida. 

Ahora es tan sólo un recuerdo nostálgico, uno de muchos. Y pensaba que nunca acabaría, que nunca pasaría, que nunca lo superaría. Pero pude. 

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