El bastón 

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Hace dos semanas me rompí el dedo del pie. Fue un golpe tonto, pero no podía calzarme. Finalmente decidí ir a urgencias (a pie, por falta de otro medio). Como me veían andando no le dieron mucha importancia y, 6 horas después, me decían que tenía el pie roto. Me dijeron que, si era capaz de andar sin muletas o bastón, no lo usara, pero que si me molestaba lo más mínimo lo cogiera. 

Los dos primeros días, con la actitud que me caracteriza, fui andando normal, no me costaba mucho, salvo el trayecto en el autobús en el que el pie se movía a todos lados y dolía horrores. Al final decidí salir con un bastón. Desde ese día me han cedido el asiento. 

Pues bien, lo mismo pasa en mi vida emocional. Soy fuerte, y nadie hace caso a las primeras molestias. Cuando necesito un punto de apoyo algunos, como los del autobús, vienen a ver en qué pueden ayudar. De esos apoyos, en su mayoría, consiste en ser positiva. Nadie me dice con el pie roto que lo fuerce, pero en las emociones si se creen con derecho a hacerlo. Y así es mi vida, o me ven tremendamente fuerte o instintivamente saltan todos a ayudar, pero nadie pregunta o conversa de verdad contigo. Adoro a mi pareja que marca la diferencia, mi familia está empezando a hacer lo mismo. Más allá de eso, en esta sociedad, nos han enseñado a ser “salvadores” de todos pero bastón casi ninguno.

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